miércoles, 12 de diciembre de 2007

Decoración Navideña


Esta mañana hay mucho jaleo en mi casa. Parece que mis humanos se han vuelto locos y han decidido cambiar la decoración: ¡la Navidad ha llamado a nuestra puerta! Así que me espera trabajo, porque tendré que estar supervisando lo que hacen, a ver qué tal lo dejan todo.

Luego os cuento...

martes, 11 de diciembre de 2007

¿Dioses o demonios?

La relación del gato con los humanos ha sido cambiante a lo largo de los siglos, cual veleta que gira siguiendo el viento. Ha habido épocas de la historia, como hace mucho tiempo en el Antiguo Egipto, en las que los gatos hemos sido adorados como dioses, quedando instalados en los altares a cambio de nuestro exquisito saber estar y de hacer algo que realmente sabemos hacer muy bien: cazar serpientes, ratones y otras alimañas. Etapas de existencia cómoda y regalada junto a los humanos como la descrita dieron paso en muchas ocasiones a periodos de persecución en los que el gato fue considerado un auténtico diablo sin otra posibilidad de redención que la tortura y la muerte: en la Edad Media nuestro amor por la noche y nuestra vinculación frecuente con mujeres sospechosas de ejercer las artes oscuras no nos trajeron nada bueno (¡Pero que conste que nosotros siempre nos arrimamos a buenas personas!)

Si nuestra convivencia con los humanos a lo largo de los siglos ha avanzado de esta manera (pasito para adelante, pasito para atrás...), en la actualidad el panorama al que nos enfrentamos es la división del mundo entre aquellas personas que están a favor de los gatos y esas otras a quienes la simple presencia de un felino les provoca cuanto menos cierto repelús. No nos vayamos a creer que todo el monte es orégano, pues hay muchos humanos que no están hechos para los gatos, al tiempo que hay muchos gatos que no están hechos para las personas. Esto es así y difícilmente podrá cambiar. Es más, jamás hay que forzarlo a cambiar, pues el resultado serán relaciones fallidas y rupturas dolorosas... En un término medio estamos esos gatos y esos humanos que, aceptando nuestras rarezas y nuestras manías, decidimos compartir nuestras vidas, pase lo que pase y le pese a quién le pese, luchando, a veces contra viento y marea, para que nuestra convivencia llegue a buen puerto. Porque (y si lo pensáis, veréis que tengo razón...) nosotros a veces somos un misterio para vosotros (es nuestra naturaleza...), pero vosotros tampoco dejáis de ser una cajita de sorpresas. ¡Ay, si los gatos habláramos! ¡La cantidad de cosas que os podríamos contar! Menos mal que he llegado yo... Ejem, ejem...

Pero dejémonos de rodeos, queridos lectores. Es hora de reflexionar y de contestar esta sencilla pregunta: ¿cómo es, en vuestra opinión, un gato? ¿Divino o demoniaco?

viernes, 7 de diciembre de 2007

¡No somos juguetes!

Permitidme ahora que me ponga un poco serio para dedicar unas palabras a reflexionar sobre un asunto muy grave que afecta a montones de animales cada año: el abandono.

Hay muchas asociaciones que trabajan incansablemente para conseguir reducir la cantidad de mascotas que por irresponsabilidad, ignorancia o simple mala fe, son puestas un buen día de patitas en la calle. Una manera de luchar contra esta lacra es evitar que la gente nos trate como si fuésemos juguetes, porque nosotros sí sufrimos... Yo mismo llegué a la casa que hoy es mi hogar desde un albergue. Algún día os hablaré de este episodio de mi vida, aunque os aseguro que no es una experiencia que me guste recordar...

Lamentablemente, muchos colegas de cuatro patas lo estarán pasando mal en estos momentos. Por eso, queridos lectores, con este mensaje os pido que antes de dar un mal paso os paréis a pensar y optéis por ser responsables: ¡no regaléis seres vivos! De esta manera puede que una brizna de esperanza llegue a cruzarse en la vida de tantos y tantos animalillos callejeros que jamás pensaron que terminarían así...

La leche

La imagen de un lindo gatito relamiéndose tras tomarse un platito de leche tibia es un tópico gatuno extendido a lo largo y ancho del mundo. Esta idílica estampa poco tiene que ver con la realidad. Los gatos que no conviven con humanos sólo tienen acceso a la leche cuando son cachorros; es más, creo que los humanos sois los únicos seres que siguen tomando leche aún siendo adultos. Pero, por si esto fuera poco, lo cierto es que mucha de la leche que tomáis, que suele ser de vaca, a la mayoría de los gatos nos sienta fatal, provocándonos unos retortijones y unos dolores de barriga que mejor ni os cuento. A pesar de esto, hay mininos que se la beben: unos, por desconocimiento al no haberla probado nunca (os aseguro que la experiencia, si es de las malas, no se olvida...) y otros por ser golosos y sin demasiada voluntad. El mensaje que quiero lanzar es que una convicción errónea provoca que, sin mala intención pero también sin demasiado acierto, muchos humanos se esmeren para que tomemos leche como si fuese una delicatessen...

A mí personalmente no me va, que para gustos se hicieron los colores y yo prefiero mil veces un buen langostino antes que esta bebida blancuzca, pero debo reconocer que convivo con una gata adicta que no perdona su cuenco diario... Por este motivo, nuestros humanos compran unos paquetes de leche especialmente formulada para que a los gatitos viciosos como Noa no les siente mal. Sabed que este producto existe, así que si queréis dar leche a vuestros compañeros gatunos, que no sea de vaca, por favor, que la intolerancia a la lactosa trae consecuencias molestas y muy poco elegantes...

jueves, 6 de diciembre de 2007

La invasión de los enanos de rojo

Cada mañana, Noa y yo empezamos el día dedicándonos en cuerpo y alma a una de nuestras aficiones favoritas: cotillear por la ventana. Desde nuestra atalaya estratégicamente situada podemos ver todo lo que ocurre en nuestra calle. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, al asomarnos hace un par de días, descubrimos, trepando por nuestra fachada, a un enano vestido de rojo (eso me lo han dicho mis humanos, que el tema de los colores a los gatos no nos resulta nada fácil...) Desde la posición que habitualmente ocupamos pudimos distinguir claramente sus pies, parte de sus pantalones, una bolsa que llevaba a la espalda y la escalinata de cuerda que estaba utilizando. Tras varias horas de vigilancia llegamos a la conclusión de que escalar, lo que se dice escalar, no escalaba mucho: más bien estaba ahí, colgado a la intemperie (curiosa ocupación para un enano!!!) Y así sigue, sin avanzar lo más mínimo desde que le descubrimos. La historia podría terminar aquí, si no fuera porque esta misma mañana, al realizar nuestra inspección matutina hemos descubierto más enanitos colgantes en los balcones de enfrente. ¡Esto es una invasión en toda regla!

Noíta, que es un pelín sabelotodo, me ha dicho que estos tipos bajitos y rechonchos son los imitadores de cierto individuo conocido como Papá Noel quien, al parecer, se cuela en las casas por estas fechas para dejar regalos en los calcetines. ¿Será verdad? Lo de los obsequios está muy bien, pero yo, por si las moscas, seguiré vigilando a los que cuelgan en mi zona, no vaya a ser que sus intenciones no sean tan "generosas"... ¡Total, como yo no uso calcetines! Y para que todos podáis reconocer a los citados enanos, os adjunto unas fotos que les he hecho esta misma mañana...

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Salem

Aunque yo convivo en mi piso solamente con Noa (y eso ya es más que suficiente...), mi familia gatuna es mucho más extensa y la mar de variopinta. Hoy empezaré hablando del tío Salem, un persa de color negro, grandote y mullidito que vive con el hermano de mi humana y su mujer. Llegó a nuestra familia hace más o menos seis años, cuando mi tío humano vio como un hombre lo llevaba a hacer ese "viaje" espantoso del que muchos gatos no regresan (esto sí que da miedo...) Y como mi tío humano tiene muy buen corazón, decidió que a partir de ese momento aquel gatito viviría con él. Según me han contado, la historia de Salem es parecida a la del protagonista de un cuento titulado El Patito Feo, porque cuando lo recogieron era un gato poco agraciado, todo flacucho y despeluchado que, pasito a pasito, fue mejorando hasta alcanzar la buena planta que presenta en la actualidad (que conste que el guapo de la familia sigo siendo yo, ¿eh?) En alguna ocasión he coincidido con él y debo decir que es un poco miedica: cuando hay reunión gatuna, siempre termina escondido debajo de la cama y sin querer saber nada de nadie. ¡Manías de gato único! Desde hace unas semanas el tío Salem está malito: mis humanos dicen que padece algo que se llama FUS y que ya están cuidándole mucho para que se ponga bueno lo antes posible. Esperemos que pronto tengamos buenas noticias.



martes, 4 de diciembre de 2007

¡Dichosa malta!

La malta no es otra cosa que esa asquerosa pasta de color marrón que los humanos se empeñan en hacer tomar a los gatos alegando que es por su bien. En realidad, para muchos de nosotros, es una auténtica tortura. Cada vez que en casa toca malta yo lo noto porque mis humanos me llaman con una voz demasiado melosa que denota que algo no marcha bien. Así que me escondo debajo de la mesa para dificultar un poco la operación. De ahí me tienen que sacar a la fuerza, que no hay que poner las cosas fáciles al enemigo. Cuando ya parece que me tienen atrapado, toca aplicar ciertas técnicas propias de un contorsionista que a veces me permiten volver a escapar, con el consiguiente revuelo en casa. Normalmente voy a esconderme una vez más debajo de la mesa, de donde me tienen que sacar a rastras otra vez. Esta secuencia de carrera-escondite, que puede repetirse un número indeterminado de veces dependiendo del día, en algún momento llega a su fin y acabo aislado en la cocina, donde, a puerta cerrada, continúa el suplicio tal y como os lo detallo a continuación:
  • Ellos abren el bote de la malta y sacan un poco de pasta que acercan a mi boca: yo giro la cara tanto como sea necesario.
  • Ellos se untan el dedo con la pasta y agarrándome por el cogote, vuelven a acercar esa viscosa sustancia a mi boca: yo vuelvo a girar la cara, a pesar de que me tienen inmovilizado (de nuevo aplico las técnicas de contorsionista que tan útiles son en la lucha cuerpo a cuerpo)
  • Ellos me untan el hocico con la pasta viscosa marrón, obligándome de esta manera a tomármela porque saben que soy incapaz de soportar esa cosa pegajosa: yo me libero lo suficiente para sacudir con fuerza la cabeza de un lado a otro, logrando salpicar con la malta a mis humanos, a las paredes y a todo lo que se encuentre a mi alcance.
  • Ellos me untan la pata con la sustancia pastosa, embadurnándome bien para que no pueda volver a salpicar: yo, por su puesto, agito la pata con vehemencia logrando salpicar poco, pero algo: ¡lo importante es fastidiar! (Nota: quizá sea interesante señalar que esta habilidad para salpicar es el motivo por el que el escenario de mi tormento es la cocina. Los azulejos pueden limpiarse con facilidad, mientras que en el resto de habitaciones la malta deja mancha en la pintura de la pared. En casa tenemos pruebas de ello...)
Finalmente, cuando ya no me queda de otra y sabiendo que la pulcritud es esencial en mi vida, consiguen su objetivo y termino tomándome mi pegote de malta (o lo que queda de él) Pero por lo menos disfruto del consuelo de saber que he peleado hasta el final. Y mientras yo, sufridor resignado, padezco mi desgracia, llega la esquirol de Noa y se toma sin rechistar su dosis correspondiente. ¡Será petarda! Por culpa de gatos como ella los humanos creen que la malta es una delicia para nosotros: con lo malo que es generalizar...
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