Que los gatos somos unos pequeños gourmets, no es ningún secreto. Siempre que podemos, comemos lo que nos gusta cuando nos apetece y en la cantidad que necesitamos. Ni más ni menos. Esto hace que tengamos fama de sibaritas caprichosos capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir lo que queremos. ¡Tonterías! No creo que sea para tanto. La realidad queda muy bien definida en la siguiente frase:
"Un gato no es exigente mientras usted recuerde que le gusta beber la leche en el plato rosa y comer el pescado en el plato azul, de donde lo sacará para saborearlo en el suelo"
(Arthur Bridges)
¡Vaaaale! Quizá seamos un poco maniáticos, lo reconozco... Pero lo cierto es que el tema de la nutrición y las dietas lo llevamos mejor que muchos humanos. Salvo casos excepcionales de gatos obesos (¡creo que actualmente el Guiness lo ostenta un gato que ronda los 20 kilos!), los mininos sabemos controlar lo que comemos para aportar a nuestros cuerpos sólo lo que necesitan. Los humanos, en cambio, no. Y es precisamente la convivencia gato-humano la que provoca que tengamos acceso a delicias y chucherías extremadamente apetecibles que nos hacen picar una y otra vez, fomentando las gorduras y las carnes fofas entre los de mi especie (para entender esto sólo hay que ver a Noíta...) Un ejemplo evidente son las comilonas que los humanos celebran en estas fechas. Algunos de nosotros, por tratar de agradar (Ejem, ejem...), nos unimos al banquete mostrando cierto interés por las gambitas, el fiambre o el pescado, miembros de ese desfile de manjares puesto a nuestro alcance: sólo hay que estirar la pata y ¡zas!, coger lo que se pueda. Muchas veces son los propios humanos quienes nos ofrecen... Claro, la tentación es fuerte, el espíritu débil y al final ¡caemos! Pero, ¿de quién es la culpa? ¿Del inocente gatito que se acerca como si nada a las viandas o del humano que te las pone en bandeja? Mmmmmmmm... Difícil dilema... Creo que iré a la cocina a comer algo, a ver si con el estómago lleno se me ocurre la respuesta...